sábado, 13 de diciembre de 2014

LA CASA DEL LAGO DE LA LUNA (Francesca Duranti)

Fabrizio Garrone es un fracasado traductor de textos alemanes cuyo sueño es llegar a ser un reputado germanista. Su alter ego se sitúa en una época y un páis distintos; Fritz Oberhofer murió sin ver
cumplido su sueño de ser un afamado escritor.
El paralelismo entre estos dos personajes no termina ahí, en el fracaso profesional. También encontramos similitudes en sus vidas amorosas. El amor del Fritz adolescente se corresponde con el primer amor de Fabrizio, aquél que sintió por su profesora de matemáticas. La búsqueda de una mujer perfecta estará siempre presente en la vida de los dos.
Sin embargo, no es fracaso profesional ni el amoroso el nexo de unión de estos dos personajes, sino el hecho de ser ambos conscientes de que nadie va a confiar en ellos. Esto se ve reflejado cuando Fabrizio marcha a Austria, a buscar el libro de Fritz, sin comentárselo a nadie, puesto que sabe que si alguien lo encuentra antes (ese alguien es su amigo y editor Mario) estaría presto a “confiar la bomba a manos ilustres…” (Pág. 31). El mismo Fritz también reconoce su derrota cuando de su último libro solo se imprimen cien ejemplares.
La casa del lago de la luna une esas dos vidas abocadas al fracaso. Ambas existencias se complementan a la perfección: “parece como si Fritz hubiese escrito para ser traducido por mí y yo hubiese aprendido el alemán para traducirlo a él” (pág. 90) La traducción del libro puede darle a Fabrizio la oportunidad que desea. Sin embargo, su prólogo no es aceptado por Mario. Para levantarle el ánimo, le propone escribir una biografía de Fritz y el aspirante a germanista regresa a Austria en busca de material para la misma.
La necesidad de llenar los tres últimos años de la vida de Fritz lleva a Fabrizio a inventarse el personaje de María: “un nombre ya era algo. No era un nombre de novela, de esos que saben a inventado, a falso. Sonaba a auténtico: María Lettner” (pág. 128)
Fabrizio, en ese momento, deja de ser un mero personaje para convertirse en personaje-autor. Su María, al igual que la Rosaura de Marco Denevi (Rosaura a las diez) o el don Romualdo de Galdós (Misericordia), forma parte de lo que André Gide denomina segunda realidad; personajes salidos de la imaginación de otro personaje y cuyo papel acabará siendo, de una manera más o menos directa, decisivo en el desenlace de las novelas citadas.
En el libro que nos ocupa, María no adquiere una existencia efectiva, porque no es contemporánea a Fabrizio, sino perteneciente a una época anterior. Quien sí adquiere una existencia efectiva es su nieta Petra Ebner. Fabrizio, al crear a María, creó también una serie de personajes (sus descendientes) en los que nunca pensó. De esta forma, Petra se convierte en creación inconsciente de Fabrizio y, en cierto modo, llegará a ser también su creadora.
La existencia de unas supuestas cartas de Fritz a María es la excusa de Petra para atraer a Fabrizio a su casa. De este modo, Fabrizio se introduce en un mundo para él ficticio al principio (el de su propia imaginación), pues él sabe que María nunca existió y, por lo tanto, tampoco podrá tener una nieta ni podrán existir las cartas. Ese mundo, irreal en un principio, alcanzará al final una apariencia de realidad. Se convertirá en su única realidad. Una vez llegado a la casa, no saldrá de ella más que en un par de ocasiones. Fabrizio será dominado en todo momento por Petra. El autor pasa a ser una marioneta en manos de su personaje y no hará nada pòr evitarlo. Es la ceremonia de su extinción que aceptará sin rebelarse (pág. 202

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