Fabrizio
Garrone es un fracasado traductor de textos alemanes cuyo sueño es llegar a ser
un reputado germanista. Su alter ego se sitúa en una época y un páis distintos;
Fritz Oberhofer murió sin ver
cumplido su sueño de ser un afamado escritor.
cumplido su sueño de ser un afamado escritor.
El
paralelismo entre estos dos personajes no termina ahí, en el fracaso
profesional. También encontramos similitudes en sus vidas amorosas. El amor del
Fritz adolescente se corresponde con el primer amor de Fabrizio, aquél que
sintió por su profesora de matemáticas. La búsqueda de una mujer perfecta
estará siempre presente en la vida de los dos.
Sin
embargo, no es fracaso profesional ni el amoroso el nexo de unión de estos dos
personajes, sino el hecho de ser ambos conscientes de que nadie va a confiar en
ellos. Esto se ve reflejado cuando Fabrizio marcha a Austria, a buscar el libro
de Fritz, sin comentárselo a nadie, puesto que sabe que si alguien lo encuentra
antes (ese alguien es su amigo y editor Mario) estaría presto a “confiar la
bomba a manos ilustres…” (Pág. 31). El mismo Fritz también reconoce su derrota
cuando de su último libro solo se imprimen cien ejemplares.
La casa del lago de la luna une esas dos vidas abocadas al
fracaso. Ambas existencias se complementan a la perfección: “parece como si
Fritz hubiese escrito para ser traducido por mí y yo hubiese aprendido el
alemán para traducirlo a él” (pág. 90) La traducción del libro puede darle a
Fabrizio la oportunidad que desea. Sin embargo, su prólogo no es aceptado por
Mario. Para levantarle el ánimo, le propone escribir una biografía de Fritz y
el aspirante a germanista regresa a Austria en busca de material para la misma.
La
necesidad de llenar los tres últimos años de la vida de Fritz lleva a Fabrizio
a inventarse el personaje de María: “un nombre ya era algo. No era un nombre de
novela, de esos que saben a inventado, a falso. Sonaba a auténtico: María
Lettner” (pág. 128)
Fabrizio,
en ese momento, deja de ser un mero personaje para convertirse en personaje-autor.
Su María, al igual que la Rosaura de Marco Denevi (Rosaura a las diez) o el don Romualdo de Galdós (Misericordia), forma parte de lo que
André Gide denomina segunda realidad; personajes salidos de la imaginación de
otro personaje y cuyo papel acabará siendo, de una manera más o menos directa,
decisivo en el desenlace de las novelas citadas.
En el
libro que nos ocupa, María no adquiere una existencia efectiva, porque no es
contemporánea a Fabrizio, sino perteneciente a una época anterior. Quien sí
adquiere una existencia efectiva es su nieta Petra Ebner. Fabrizio, al crear a
María, creó también una serie de personajes (sus descendientes) en los que
nunca pensó. De esta forma, Petra se convierte en creación inconsciente de
Fabrizio y, en cierto modo, llegará a ser también su creadora.
La
existencia de unas supuestas cartas de Fritz a María es la excusa de Petra para
atraer a Fabrizio a su casa. De este modo, Fabrizio se introduce en un mundo
para él ficticio al principio (el de su propia imaginación), pues él sabe que
María nunca existió y, por lo tanto, tampoco podrá tener una nieta ni podrán
existir las cartas. Ese mundo, irreal en un principio, alcanzará al final una
apariencia de realidad. Se convertirá en su única realidad. Una vez llegado a
la casa, no saldrá de ella más que en un par de ocasiones. Fabrizio será
dominado en todo momento por Petra. El autor pasa a ser una marioneta en manos
de su personaje y no hará nada pòr evitarlo. Es la ceremonia de su extinción
que aceptará sin rebelarse (pág. 202
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